En cierta ocasión, un amigo argentino me preguntó si, tal y como le habían contado, existen en España costumbres y tradiciones festivas basadas en hacer sufrir y martirizar a algunos animales hasta
A los españoles probablemente nos quepa el "honor" de ser campeones en tales prácticas. En algunos pueblos de nuestra geografía patria, casi siempre para festejar el día de su Santo Patrón o Patrona, tenemos variantes y estilos para satisfacer el gusto de todos los energúmenos que disfrutan con el sufrimiento y muerte de seres vivos.
Sólo algunos ejemplos: Se persigue a un asno por el campo hasta rendirle por cansancio y acabar matándolo a palos. Tiran una cabra desde el campanario de la iglesia para que al caer se despanzurre. Un pollo es colgado y atado en la punta de un palo vertical y quien consiga alcanzarlo trepando le arranca la cabeza de cuajo. El toro embolado consiste en embadurnarle los cuernos con alquitrán o brea formando una bola en la punta y se le pega fuego para que corra por las calles abrasándose. A la vaquilla, -una variante pobre y cutre de la llamada fiesta nacional- la sueltan en la plaza del pueblo y, cuando los valientes de la localidad se han cansado de divertirse y demostrar su "arte", la acribillan con toda clase de objetos cortantes y punzantes hasta acabar con ella.
Podríamos continuar porque el catálogo es variado y extenso. Con todo, hay para mi una salvaje y sangrienta tradición que por el tamaño del animal y la cantidad de participantes en aniquilarlo estaría entre los primeros puestos.
Tordesillas, a orillas del Duero, en el corazón de Castilla, tiene mucha historia en sus calles y edificios, y sería lamentable que pasase a ser conocida por la tradición menos civilizada. Es el llamado Toro de la Vega, festejo que todos los años llevan a cabo en septiembre. Aquí, la barbarie y la crueldad es a lo grande, a lo bestia que diría Gila. Se cuenta que esta tradición tiene su origen en tiempos de Juana
Este año el toro se llamaba Enrejado y pesaba quinientos veinte kilos. A las once en punto de la mañana del martes once de Septiembre salió entre una multitud bullanguera vestida al modo pamplonica y armada con garrotas, picas y lanzas que lo persiguió calles abajo. Cruzó el puente sobre el Duero pero no logró huir hacia los pinares y acabó en un recinto vallado en medio del campo después de que alguna pica ya se le hubiera clavado. La marabunta de lanceros medievales lo tenía acorralado en una polvareda irrespirable Se refugió en un rincón de la finca pero ya era tarde, y cuando el animal hincó las rodillas en tierra para morir, lo remataron clavándole sus lanzas en la parte del cuerpo que aún no tenía un agujero.
Dicen que este año el toro Enrejado tardó una hora en morir, justo el tiempo que duró la fiesta desde que le dieron suelta hasta el último lanzazo. Una hora larga huyendo en vano de la muerte. Según manda la tradición, al que lo remata -este año un jinete salmantino - se le considera un héroe que es aclamado en el balcón del Ayuntamiento como si hubiese ganado la vuelva ciclista.
La alcaldesa María del Milagro Zarzuelo alabó el aperturismo del festejo en el que puede participar cualquiera aunque no sea del pueblo, y La Junta de Castilla León lo ha declarado de interés turístico regional. Vale. Pues yo digo que el turista que vaya porque le guste tan salvaje y sangrienta "fiesta", y contribuya a que continúe, mejor que se quede en su casa. Siento pena y vergüenza de que en mi país a estas alturas del Siglo XXI subsista algo así.
España está actualmente entre los países desarrollados y cultos de Europa, y ha dado al mundo grandes figuras en las ciencias, las artes y la literatura, algunas de las cuales han alcanzado el Premio Nóbel. Por tanto, estos sangrientos festejos no deberían tener cabida en España. ¿Cual es entonces el móvil que induce a que se sigan practicando? Si les pidiéramos su opinión a varios vecinos de Tordesillas tomados al azar, probablemente algunos dirían que no les gusta lo del Toro de la Vega, pero como así se ha visto siempre hay que continuar con
Hay tradiciones y costumbres que sí se deben conservar, porque son bonitas, agradables y aportan algo a


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