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LAGUERRA

Enviado por Antonio el 17/01/2008 a las 08:02 PM
                                                                    

 

 

Bueno, más que la guerra las guerras,  porque a habido muchas. Las a habido, las hay y por desgracia las seguirá habiendo. El único animal capaz de eliminar en masa a todo bicho viviente, incluso los de su misma especie, es muy complicado e imprevisible. Por un lado ha sido y es protagonista de innumerables actos heroicos,  solidarios, altruistas, benéficos, caritativos, y de cariño y amor hacia los demás.  Pero también el ser humano  parece que lleva en los genes el estigma de la violencia que le arrastra a cometer las mayores vilezas, los actos más crueles, los comportamientos más depravados y los crímenes más horrendos. Y si nó, además de los ejemplos que tenemos a diario, ahí está la Historia para recordarlo. En general, desde siempre, el hombre ha vivido con la obsesión de ser el más fuerte y dominar a los demás con las armas, debe ser algo innato. Comenzó fabricándolas de madera y  huesos puntiagudos de animales, después la piedra, luego el metal, enseguida la pólvora. Y a partir de ahí, una carrera desenfrenada hasta todo lo que hay actualmente; ametralladoras con una cadencia de tiro de más de mil disparos por minuto, artillería de corto y largo alcance, enormes carros de combate, minas, bombas de fragmentación, incendiarias, de racimo, de fósforo, de  napal y hasta  bacteriológicas. Todas ellas lanzadas por oleadas de grandes aviones sobre pueblos y ciudades, acorazados, destructores, submarinos que bombardean y escupen misiles desde el mar. Y por último, las armas nucleares -cada vez en poder de más países-, de cuya eficacia, pueden dar fe los japoneses. En fin, para que seguir. Da miedo pensar que algún día alguien se equivoque al apretar un botón y todo vaya a tomar por saco.

Lo cierto es que todos, pasados, presentes y futuros somos muertos; desde el emperador romano al esclavo, del general al soldado raso,  del rey al vasallo, del papa al cura de aldea, del alto ejecutivo al ordenanza, del filósofo al analfabeto, y del multimillonario al pobre de solemnidad. Al final todos quedamos igualados. Pero en lugar de esperar con resignación el turno que a cada cual le llegue, se montan las guerras para adelantar lo inevitable y silenciarnos anticipadamente. Qué pena y que absurdo.

Los que las promueven, organizan y financian embaucan a las masas, para lo que algunos son maestros en argumentar  motivos y razones de toda índole;  patrióticas,  militares, políticas, geográficas, estratégicas,  culturales, religiosas, etc. Para mí pura filfa, ya que todo se reduce a lo mismo, o sea, motivos económicos. Ya se sabe, quien posee una economía boyante tiene el poder y puede hacer lo que le de la gana.  Me viene a la memoria un dicho, según el cual,  para ganar una guerra hacen falta tres cosas: Dinero, dinero y dinero.

Pero las guerras, de una u otra forma, afectan a todos., los buenos,  los, malvados , los compasivos, los sinceros, los mentirosos, los simples, los pocos listos y los muchos tontos, y hasta los locos. Nadie o casi nadie en mayor o menor medida se libra de sus consecuencias. Yo creo que las pierden hasta quienes las ganan, porque para conseguirlo han tenido que recurrir a lo peor, ya que todo vale. Y por tanto, pierden la dignidad. Claro que, eso debe importadles muy poco,  por no decir nada.

No me resisto a transcribir unos párrafos que sobre este tema incluye en su libro  tu rostro mañana  el magnífico escritor Javier Marías. En la trama del libro, un profesor de la Universidad de Oxford jubilado mantiene una charla con un amigo español sobre nuestra guerra civil, aunque sus argumentos sirven  para cualquier guerra:

 "Bien, no sólo tienen ustedes que soportar la escasez de todo y la penuria y el racionamiento y padecer los bombardeos de la aviación enemiga sin saber a quien tocará no despertar ya mañana ni esta noche quizá siquiera con el aullido de las sirenas, y ver sus casas incendiadas o reducidas a escombros en un instante tras los relámpagos y el estruendo, y sepultarse durante horas en los refugios profundos para no abrasarse en sus calles que aun parecen las  de siempre, y sufrir la pérdida de sus maridos e hijos y en caso su ausencia y la zozobra mortificante respecto a sus diarias supervivencia o muerte y subirse a aviones para que los ametrallen mientras batallan con el aire y hagan ferocidades por derribarlos, y hundirse en submarinos y en destructores y en acorazados bajo las aguas lejanas y llameantes, y asfixiarse o arder en el interior de un tanque, y lanzarse en paracaídas sobre territorio ocupado y recibir el fuego de las baterías o la persecución de los perros luego si llegan a poner pie salvo en tierra, y estallar en pedazos si tienen la mala pero posible suerte de ser alcanzados por un obús, una granada o pisar una mina, y afrontar tortura y verdugo si lo capturan en país prohibido, y combatir cuerpo a cuerpo en el frente con la bayoneta calada, en los campos, en los bosques, en las selvas, en las marismas, en los hielos y en los desiertos, y volarle la cabeza rápido al muchacho que asoma con el casco y el uniforme odiados, e ignorar cada día y cada noche si perderán esta guerra y al final habrá servido para que sean cadáveres no recordados, o prisioneros perpetuos o esclavos de sus vencedores, y pasar frío y hambre y sed y calor extremo y ahogo y sobre todo miedo, todos miedo y mucho miedo, un continuo pavor al que acabarán por acostumbrarse aunque llevan así ya varios años y nunca llegue ese acostumbramiento...."

Pues ya lo vemos sí señores, todo eso son las guerras; miseria, miedo, sufrimiento, sangre, dolor, atrocidades incontables, destrucción, y sobre todo muertos, muchos muertos, mutilados e inválidos con merma en su calidad de vida, en muchos casos, reducida a la mínima expresión para siempre. ¡Que ironía cuando se oye hablar en círculos militares del arte de la guerra! No sé donde estará el arte.

Pienso que a quienes nos ha tocado vivir en un país y en una época donde la guerra la hemos visto únicamente a través de los medios informativos, somos unos privilegiados con una inmensa suerte, una bendición del cielo, del destino o de lo que sea.

Por eso, cuando habla o comenta sobre el tema alguien que la ha vivido y sufrido personalmente  en su propia  carne, aunque se ponga un poquito pesado y repetitivo, hay que respetarlo y comprenderlo, porque probablemente quedó marcado de por vida.

 

 

                                                             

 







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