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POR LAS RUTAS DEL DUERO

Enviado por Antonio el 24/02/2008 a las 12:48 PM

 

¿Verdad que a casi todos nos ha surgido alguna vez el dilema de tener que hacer un regalo y no saber qué.  A mi desde luego sí,  más de una vez y más de dos. Sin contar  Navidad  y Reyes, solo con los cumpleaños  de la familia cercana, esposa, hijos y nietos ya me resulta un incordio, sobre todo si he de recurrir al factor sorpresa, por otra parte, algo lógico.  Hay que investigar, indagar y observar, aunque suele servir de poco, porque cada vez nos sorprendemos menos, lo cual no es malo. Al contrario, demuestra que carecemos cada día de menos cosas o tenemos menos necesidades. Se oye decir con frecuencia: ¿Que le voy a regalar a mi hijo si ya tiene de todo? Bueno, la frase es un poco exagerada porque de todo nunca se tiene, pero no anda muy desencaminada, por ahí van los tiros.  Un día con ocasión del cumpleaños de Dori, mi mujer, que me encontraba como siempre más perdido que un pacifista en medio de unas maniobras militares, me dejé llevar por mis gustos personales y aunque un poco egoísta por mi parte, lo reconozco, decidí salir del paso regalándole algo para disfrutarlo juntos. En un sobre iba una nota en la que le decía:  Dos noches en el parador de  turismo de la red nacional que tu elijas.

Este preámbulo me sirve para entrar en el tema al que quiero llegar.

Eligió o mejor dicho elegimos el de Zamora, ciudad que no conocíamos, y al mismo tiempo poder visitar la zona llamada Arribes del Duero, algo que, según referencias de amigos y compañeros,  merece la pena conocer, y desde luego, no se equivocaron.  Se trata de una de las comarcas más impresionantes de Castilla León, donde el río Duero transcurre entre tierras de Salamanca, Zamora y Portugal haciendo frontera a lo largo de ochenta kilómetros.

Tanta es la belleza y el grandioso espectáculo que la naturaleza nos ofrece que, como dijo D Miguel de Unamuno, nos servirán para hacer repuesto de paisaje, y almacenar en nuestro corazón visiones de llanura, de sierra o marina para irnos luego nutriendo de ellos  en nuestro retiro.

Al referirnos a este inmortal filósofo bilbaíno, viene inevitablemente a la memoria el triste episodio del que fue protagonista.  Episodio que, aunque es  bastante conocido y forma parte de nuestra historia reciente, voy a permitirme recordarlo.

Cuando se inició la Guerra Civil, Unamuno era rector de la Universidad de Salamanca y el día 12 de Octubre de 1.936, con motivo de la apertura del curso académico, Don Miguel que no se mordía la lengua ante nadie, horrorizado por el cariz que tomaba la represión en Salamanca que quedó en zona franquista desde el primer día, subió a la tribuna de oradores en el Paraninfo y en un valiente discurso dijo, entre otras muchas cosas; venceréis pero no convenceréis.  El general Millán-Astray (fundador de la Legión) presente en el acto, se puso furioso, tomó la palabra y soltó la siguiente atrocidad; muera la inteligencia y viva la muerte.  El día 22 de Octubre Franco firmó el decreto de destitución de Unamuno como rector.

Sus últimos días de vida (de Octubre a Diciembre de 1936) los pasó bajo arresto domiciliario en su casa, en un estado de resignada desolación, según palabras de Fernando García de Cortázar.

Cierro aquí el paréntesis que abrí con Unamuno cuando me estaba refiriendo a los atractivos de la zona Arribes del Duero.

Vamos ahora con el viaje.

El banderazo de salida lo dimos a primera hora de la mañana saliendo de Madrid por la Nacional VI hasta Tordesillas. Allí dejamos la autovía y tomamos la carretera para llegar a la Villa de Toro, donde nos extrañó que hubiese tan poca gente por la calle a plena mañana  con un día tan radiante como nos hizo .El motivo fue que muchos estaban en la romería cerca del río que se celebra todos los años en su fértil vega  en honor al patrón o  patrona, y que ahora  no recuerdo,  porque en cuestión de santos, la verdad es que estoy bastante flojo.

Toro es una ciudad declarada con todo merecimiento Conjunto Monumental Histórico Artístico desde 1963. Hay que caminar por sus calles y plazas para recibir todo el encanto e historia que hay en ellas y sus monumentos. Comenzamos por la Puerta del Mercado  donde se encuentra el Arco del Reloj del Siglo XVIII. Cuenta la tradición que como era antieconómico subir el agua del río, la masa para la obra fue fabricada con vino, dada la cantidad de bodegas que existen en la localidad y que elabora excelentes caldos con denominación de origen.  Desde aquí hasta la Plaza Mayor, pudimos admirar muestras de arquitectura medieval mezclada con construcciones más modernas formando un atractivo conjunto.

De la Plaza fuimos a la Colegiata, el edificio más emblemático de Toro, siendo su construcción del Siglo XII. En la Sacristía se encuestan la famosa tabla de la Virgen de la Mosca y el Sagrario del Siglo XVII, ambos fueron prestados para ser exhibidos en las Edades del Hombre de Nueva York. Pero el elemento más destacado es el Pórtico de la Majestad al que se accede desde el interior del templo.  El Monasterio de Sancti  Spíritus es otro lugar que no debe perderse quien vaya a esta villa castellana, pues además de realizar una completa visita por el Coro, Claustro, Sala Capitular, etc. puede degustar los famosos dulces del convento, que gozan de gran tradición y prestigio debido a que están hechos a mano por las mismas monjas.

Estuvimos en Toro toda la mañana pero no comimos allí por permanecer cerrados la mayor parte de los buenos restaurantes con que cuenta la villa, el motivo ya lo dije, la romería.  De modo que salimos por la carretera que conduce a  Zamora pero, a unos diez kilómetros antes de llegar, existe un desvío dirección Coreses y enseguida se encuentra uno con el hotel llamado  "El Convento". Es una auténtica sorpresa,  porque si no se tienen referencias nadie lo imagina y desde la carretera lo más probable es que pase desapercibido. Se trata de un hotel-balneario de lujo, anteriormente fue un antiguo seminario de principios del Siglo XIX de la orden misionera alemana "El Verbo Divino". El interior es de una belleza deslumbrante cuidada hasta el último detalle, y creo que no se puede explicar con palabras lo que encuentra uno al recorrer todos sus estancias y salones, hay que entrar y verlo. De los tres restaurante con que cuenta, comimos en el del sótano decorado al más puro estilo medieval con frescos que representan escenas de los nueve héroes y heroínas de la antigüedad y la fuente de la vida. Todo esto, unido al confort del mobiliario, el exquisito servicio y su asador con fuego a la vista, contribuyó  a disipar cualquier duda de que habíamos acertado con la parada.

La provincia de Zamora con una extensión de 10.572  kilómetros cuadrados tiene varias comarcas diferentes como; tierra de sayago, la sanabria, tierra del vino, los carvajales,  tierra del pan, etc. También cuenta con una dilatada y turbulenta historia, sobre todo la capital, donde no han faltado guerras, batallas, conquistas, reconquistas y demás.  Uno de los hechos históricos más relevantes es el famoso cerco.  En el Siglo XI, Sancho II deseoso de reconstruir el Reino de Castilla,  tras apoderarse de Toro sitió a Zamora, frente a cuyos  muros cayó asesinado por el traidor Bellido Dolfos.  Este hecho fue el origen de la querella del Cid con Alfonso VI que sucedió a su hermano Sancho en el trono.

Cuando se llega a la ciudad de Zamora, sobre todo su casco antiguo,  es como penetrar de lleno en el corazón del arte románico, ya que la mayoría de sus monumentos, y tiene muchos, fueron construidos en ese tipo de          arquitectura sobria, representativa de un estilo y una época. De hecho, hay quien la conoce como "capital del románico".  Basta un paseo por sus calles y plazas para ver que se trata de una ciudad tranquila, limpia y acogedora, ideal para vivir dado su tamaño y número de habitantes, donde hay de todo sin las aglomeraciones y agobios de las grandes urbes.

El Parador de Turismo está en la bonita plaza de Viriato, totalmente cuadrangular, con muchos pinos de mediana altura y las copas todas redondeadas, un conjunto muy agradable que contrasta con la soberbia fachada del parador.  En España tenemos muchos y buenos hoteles, pero a mi me encantan los paradores, ya que la mayoría de ellos son otra cosa. Poseen  un sello o estilo peculiar que los caracteriza y este de Zamora es uno de ellos.  Situado en su centro histórico es un palacio construido sobre una antigua alcazaba romana a mediados del Siglo XV, y ofrece la oportunidad de descubrir, además de su entorno, el ambiente medieval del interior, que se aprecia en armaduras, mobiliario, atractivas camas con dosel y techos muy altos. Todo ello se combina  con el estilo renacentista de su patio, galería de madera acristalada y escudos heráldicos. Es como sentirse transportado a épocas pasadas  con las comodidades actuales.

Después de instalarnos y asearnos un poquito, la tarde la dedicamos a recorrer y conocer algunos lugares y monumentos de interés.  Desde la Plaza de Olivares se divisa la torre y la cúpula de la catedral  del Siglo XII en la que puede contrastarse entre la sobriedad  de la torre del más puro estilo románico  y el esplendor bizantino de la cúpula. En su interior posee una sillería de oro del siglo XVI de las mejores de España . Continuamos visitando el Palacio de los Sanabrias con la Casa de los Nomos, el Hospital de la Encarnación, Paseo de San Martín, y Avenida Requejo. Uno de los monumentos más emblemáticos de Zamora es el Puente de Piedra o Puente Ojival, auténtica joya de arquitectura. Se compone de dieciséis arcos apuntados unos grandes y otros menores que se encastran calando las pilas, según el uso romano.

Hay varios miradores desde los que se divisa una amplia panorámica del Duero, compañero inseparable de Zamora. Nosotros fuimos al del Troncoso uno de los más característicos. Para acceder a él se ha de pasar por alguna de las calles con la impronta más medieval de la ciudad, como la del Corral de las Campanas, en la que está la famosa Casa Solar del Cid.

Continuamos por la zona de los bares, mesones y tabernas y a base de        tapeo dimos por finalizada la jornada del primer día que, como vemos, fue bastante completa.

La del siguiente iba a ser totalmente distinta. Por referencias llevábamos una ruta predeterminada y a ella nos ceñimos más o menos. Después del desayuno en el parador, salimos sobre las nueve de la mañana por la carretera de Alcañiz y comenzó a desfilar ante nosotros el despejado paisaje de los campos de Castilla, que daba gusto verlos con el verdor y las flores de la primavera. A doce kilómetros aproximadamente sale un desvío que conduce hasta la iglesia de San Pedro de la Nave. Se trata de un templo del Siglo VII y constituye uno de los más significativos ejemplos de la arquitectura visigótica; su ubicación actual no es la que tenía en un principio, ya que en los años treinta  debido a la construcción del embalse del Esla tuvieron que trasladarla.

De regreso a la carretera de Alcañiz llegamos a otro desvío que nos lleva a Pino, y aquí nos encontramos con un puente de principios de siglo que separa las comarcas de Aliste y Sayago; el cual es una gran obra de ingeniería en hierro. Su imagen resulta impresionante, tiene una longitud de 185 metros, un arco de 120 y una altura de 90, y debajo el Duero discurriendo entre grandes moles de granito, anunciando al comienzo de Las Arribes.

A partir de este lugar visitamos una serie de pueblos como Villardiegua de la Ribera,  Torregamones y Moralina. En Villardiegua hay que ver un pequeño museo que enseña y explica amablemente el cura del pueblo. Cuando acaba uno de ver todo lo que allí hay expuesto se tiene la sensación de haber retrocedido en el tiempo.  En Moralina encontramos un antiguo telar con el que hasta hace poco tiempo se fabricaban las célebres mantas sayaguesas. Torregamones sería la siguiente parada donde pudimos ver las chiviteras, que son chozas construidas con piedra y cubiertas de ramas utilizadas por los pastores para guardar las cabras, evitando de ese modo que los lobos pudieran acabar con ellas, algo curioso.

Continuando la ruta  tomamos otro desvío para llegar enseguida a uno de los mejores miradores de Las Arribes, el Mirador de la Peña. Se trata de un altozano o atalaya donde la naturaleza nos ofrece una panorámica espectacular con el río encajonado allá abajo en el abismo. ¡Que maravilla, que relajamiento, que paz para los sentidos!  Recordé cierta frase que me gustó cuando la leí: No digas nada, cierra la boca si lo que vas a decir no es más atractivo que el silencio.

Desde aquí sin parar llegamos a la frontera con Portugal.  Bueno, lo de frontera es un decir, porque prácticamente no la hay, se pasa por la carretera que discurre sobre el muro de un gran pantano  y ya estamos en Miranda de Duero, primer pueblo portugués. Es un pueblecito blanco,  limpio y sus calles ajardinadas,  donde se  pueden comprar infinidad de artículos de capricho o recuerdo.  Comimos en El Mirandés, que  como buen restaurante en Portugal, una de sus especialidades es el bacalao. Lo preparan de muchas  formas y la relación calidad precio es buena. Nosotros, dejándonos aconsejar por el camarero tomamos bacalao a la dourada.  Para mi, que el bacalao me encanta de cualquier manera, un autentico lujo, regado con vino portugués y luego postre de la casa, una exquisitez.  El dueño, un tipo muy cordial, nos invitó a tomar el café en una salita junto a dos amigos suyos con los que entablamos agradable tertulia. Sin duda eran personas cultas, porque quedamos admirados de lo mucho que sabían de la historia y la política de España.

El Duero, según dicen por allí, no solamente hay que visitarlo, sino navegar sus aguas, sin lo cual sería una visita incompleta.  De modo que, eso es lo que hicimos por la tarde, dar un paseo en barco por el río hasta el Valle del Águila (unos diez kilómetros desde la presa). El recorrido dura una hora aproximadamente y es muy bonito, merece la pena.  Un guía nos fue dando amplia explicación sobre historia, orografía, botánica, fauna, etc de la zona, mientras volaban sobre nosotros a gran altura buitres leonados y águilas reales. Después de desembarcar, todo el pasaje está invitado a tomar una copita de Oporto y disfrutar de la exhibición de vuelo de un búho llamado Duque.

Concluida la jornada cuyo plato fuerte fue el disfrute de la naturaleza,  volvimos de nuevo a la ciudad. Así es que vuelta otra vez a la zona de tapeo y recorrido tranquilo por las calles del casco histórico, las cuales a esas horas, con los monumentos iluminados y las farolas de luz amarillenta en las esquinas, ofrecen un encanto especial.  Zamora, según se dice,  no sólo debe ser vista, sino, también oída y recitada. Si paseas por la calle del Troncoso cuando la noche se ha adueñado de la ciudad, escucharás antiguos pasos cuyo rumor te llevará a la leyenda de Viriato y el sonido del Babú

Estamos finalizando el viaje y la última mañana la dedicamos a un breve recorrido por algún que otro lugar o rincón que nos faltaba por ver, y como colofón o broche de oro el Museo de Semana Santa. Aquí si que hay que dedicar el tiempo que haga falta porque, al margen de las creencias de cada cual, en lo que no quiero ni debo entrar, el museo es una maravilla, un auténtico alarde de lujo y realismo en el arte religioso, La Semana Santa de Zamora es una de las que la gente vive con más fervor pero, así como en otras ciudades, lo normal es que las imágenes participantes están durante el año cada una en su respectiva iglesia,  aquí se encuentras todas juntas en este fabuloso museo declarado de interés turístico internacional y no es para menos. Hay treinta y siete pasos o conjuntos que suman en total más de cien esculturas, y sería difícil discernir qué tiene más mérito; si el realismo de los personajes representados, alguno de los cuales solo les falta que echar a andar, o el lujo y la riqueza artístico-ornamental de sus andas y pedestales en madera noble, bronce y nácar. En suma, una visita obligada para quien vaya a la ciudad de Zamora.

Con esta ultima imagen en la retina  iniciamos tranquilamente el regreso, comimos en carretera y llegamos por la tarde todavía a buena hora.

El viaje resultó interesante y muy completo, combinando el conjunto monumental creado por la mano del hombre con las maravillas que nos ofrece la naturaleza. Pero me dio la oportunidad de afirmarme una vez más, en que una de las mejores cosas que tienen los viajes es la vuelta.  Visitar nuevos lugares y cambiar de aire es muy saludable. Sin embargo, como en la propia casa no se está en ninguna parte.  Quizá lo ideal, si se quiere y se puede, sea hacer compatibles ambas cosas.

 

 

 

                                              

 







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