¿hay vida más allá del fútbol? No recuerdo donde leí esta interrogativa frase que me hizo gracia por lo exagerada y ocurrente. Aunque yo haría, sin embargo, las siguiente preguntas con respuesta incluida: ¿Cual es el evento que más entusiasma, apasiona y enardece a las masas en todo el mundo? El fútbol sin ninguna duda. No hay más que ver la cantidad de espacios que le dedican los medios informativos y las astronómicas cifras que se barajan en los fichajes de jugadores, entrenadores y demás, fruto de sui gran potencial económico. Sólo un dato reciente: El Real Madrid ha cerrado la mitad del ejercicio con un beneficio de explotación, antes de amortizaciones, de 52 millones de euros, un 73 % de aumento sobre el mismo periodo de 2007. Y estamos en tiempos de crisis, según dicen. En el fútbol todo es excesivo. Vamos que, ni siquiera en sueños, los ingleses podrían haber imaginado hasta donde llegaría su invento.
Pero, ¿a que se debe su enorme tirón a nivel mundial sin distinción de razas ni colores? ¿Es un deporte? Desde luego que si, sin buenas facultades físicas no se podría practicar. ¿Un espectáculo? Por supuesto que lo es, no le faltan ni movimiento ni colorido. No obstante, en mi opinión, por encima de lo deportivo y espectacular está la rivalidad, el afán de competir que lleva en sus genes el ser humano desde siempre; yo soy el que gana, mi pueblo es el que gana, mi ciudad es la que gana, y por supuesto mi equipo con sus colores es el que gana. No digamos si se trata de un campeonato entre países; España-Francia, Alemania-Rusia, Inglaterra-Argentina, por ejemplo. Ahí la cosa llega a adquirir tintes surrealistas. Casi nadie asume entonces que se trata simplemente de un juego en el que, con mayor o menor habilidad, alguien consigue colar una pelota entre unos palos. No, para muchos es una contienda que, aunque incruenta, está en juego algo así como el orgullo nacional, y presente la exaltación del patriotismo si el país propio es el que resulta vencedor y el otro derrotado. Ese es a mi entender el apabullante éxito del fútbol.
A mi ni me gusta ni me deja de gustar, puedo ver un partido por la tele si estoy entre amigos y ahí queda todo, no soy un entendido. Tal vez por eso, en las tres o cuatro ocasiones que, por compromiso o circunstancia especial he asistido a los estadios, más que fijarme en si el fútbol que desarrollan los equipos en liza es brillante o anodino, lo que de verdad supone para mi un auténtico espectáculo es el público y su actitud.
En una de dichas ocasiones estuve en el Maracaná de Río de Janeiro, y las doscientas mil personas que lo llenaban a rebosar iban provistas de cualquier objeto que utilizaban como instrumento de percusión; palos, botes, maracas, panderetas, cencerros, etc. Bien, pues durante todo el encuentro, con mayor o menor intensidad, según el desarrollo del juego, y sobre todo, cuando se producía cualquier avance de uno de los equipos, consiguían perfectamente sincronizados un ritmo de samba tan machacón que se te mete en los tuétanos y tarda varios días en salir. Algo tan impresionante que no creo se de en ningún otro lugar.
Otra vez fue en Madrid en el Santiago Bernabeu. Jugaban los eternos rivales, el titular y el Barcelona. Comencé fijándome en los primeros lances. Y así, a los cinco minutos de comenzado el partido, un coro de casi cien mil voces lanzó un tremendo y sonoro ¡¡Huy!!. El esférico, como dicen los sudamericanos, estuvo a punto de entrar en las mallas de la portería azulgrana, lo cual, habría supuesto la mejor noticia que en ese momento se les podría dar a los de blanco. No lo dudemos, en esos momentos ninguna otra noticia familiar, económica o laboral alimentaría mejor el horno del optimismo forofil que la maravillosa esfera de cuero entrara en la portería contraria . Y no fu solo ese ¡Huy!, si no otros muchos y más variados para descargar las tensiones internas de los espectadores a lo largo de la contienda.
Los minutos pasaban sin que el marcador dijera esta boca es mía, hasta que el Barcelona marcó y ganó el partido. Desde un pequeño sector de la gradería repleta de camisetas y banderas azulgranas fluían cánticos; Barsa, Barsa, Barsa... Sin embargo en los rostros de la mayor parte del respetable se reflejaba la amarga cara de la derrota y algunos a punto de llorar de cabreo ante la humillación de perder en campo propio.
Pero, una de las cosas que me tenía más abstraído y distraído, era la incesante verborrea de un acérrimo sentado una fila delante de
Luego la tomó con el árbitro para llamarle de todo a grito pelado; tarao, cornudo imbécil, pringao, ciervo (este último piropo lo repetía mucho). Y cuando se le agotó el repertorio de insultos e improperios que caben en el diccionario y fuera de él, en un alarde de inspiración, va y suelta lo mejor: Tu padre mató a Manolete. Toma ya, con dos pelotas, sí señor. Así no dejó a nadie fuera, ni al árbitro ni a sus progenitores.
El ser humano casi deja de serlo cuando se convierte en rebaño. Y aunque el fútbol en sí no sea culpable, está claro que en el fútbol se genera violencia verbal y de
Ya se sabe que bestias podemos encontrarlos en cualquier lugar, escenario o circunstancia desde que el hombre era tan salvaje como ahora, pero el fútbol, tal vez por el ambiente de su entorno y la rivalidad a que antes me referí, es capaz de hacer pillar a miles de personas los mayores berrinches y también proporcionarles grandes dosis de gozo y satisfacción. Oí decir a un grupo de hinchas que cuando su equipo metía un gol decisivo para darle la victoria en una final, sentían tanto placer como un orgasmo. ¡Vaya chollo!, eso es estupendo, una gran suerte Así, cuando a determinada edad, la madre naturaleza nos cierre la puerta al placer de lo los orgasmos por haber entrado en lo que podríamos llamar parada biológica indefinida, podremos contar con la alternativa de que nuestro equipo marque un gol. Algo es algo.
En fin amigos, después de todo lo dicho, tengo que concluir reiterando lo que a veces he pensado: Si el fútbol no existiera habría que inventarlo.
16 Marzo 2008

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